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Citado en el libro "De qué hablo cuando hablo de correr" H. Murakami

domingo, 29 de marzo de 2015

Ausencia

Recuerdo cuando era pequeña, en esa edad en la que la posibilidad de la muerte asoma por primera vez la patita por debajo de la puerta de tu universo, recuerdo que al meterme en la cama y para conjurar los miedos, rezaba pidiendo morirme antes que mis padres.
Como la mayoría de los niños, no tenía miedo a la muerte propia, sino a la de los seres que más amaba. No era la muerte, era la ausencia.
Así comenzaba cada noche: "yo antes que papá y mamá". Invariablemente, eso me llevaba a imaginar su tristeza y rectificaba: los tres a la vez. Un desastre, porque de ahí pasaba a mis hermanos y son tantos... Cuando me vencía el sueño ya había decidido que lo mejor era que, si tenía que ser, desapareciéramos todos, como evaporados, pero juntos.

Hoy he vuelto a releer esto de Suanzes. Una auténtica delicia que me hizo ruborizar y conmoverme. Por frágil. Por vulnerable. Por tocar ese punto del miedo más antiguo: la ausencia.
Imaginar la propia ausencia, es sentir la necesidad de dejarlo todo dicho. Responder definitivamente y por anticipado a cualquier pregunta que pudiera ser formulada, poner un punto final al dolor que imaginamos, permitir una transición al recuerdo que, a fuerza de ser recreado una y otra vez, deja de ser real.
Una suerte de comodín que utilizar cuando lo cotidiano asalte, porque la ausencia se agazapa ahí: en el olor de la ropa, de una comida, la luz a cierta hora de la tarde o en una manera de guardar los cubiertos en el cestillo del lavavajillas.

"Extimidad", me dijo ayer Pablo.
Quizás, una forma vulgar de arte, pienso yo. Una manera de llegar a cientos de desconocidos, sin caras ni nombres, para exponer a la luz del sol, aquello que todos guardamos dentro como una posesión particular y que sin embargo, se repite cada vez y en cada vida.

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