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Citado en el libro "De qué hablo cuando hablo de correr" H. Murakami
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domingo, 14 de febrero de 2016

Érase una vez... nosotros mismos.

Advertencia al lector: si no has visto la película y deseas hacerlo, deténte aquí. Seguir leyendo puede estropeártela y hacerte ver cosas que es posible que no hubieras apreciado, y dejar de ver otras que yo no haya descubierto. Quedas avisado.

Voy a hablaros de "Zootrópolis", una fábula maravillosa. Una película de niños, de mayores, de ancianos. Una crítica política, una historia hilarante y terrorífica. De valor, de humanidad. Una fábula larga, un producto del genio y de la inteligencia.

En ella nada es casual y las sutiles referencias permiten múltiples lecturas según el bagaje del espectador. Mi hija de siete años no vio lo mismo que la de doce. El padre y la madre, tampoco.

Zootrópilis representa el éxito de la civilización, la convivencia pacífica entre los diferentes, la superación de los instintos primarios. Es una sociedad donde depredadores y presas han pasado a ser ciudadanos y la razón ha colocado un fuerte corsé a la biología.
En Zootrópolis una coneja puede llegar a ser policía con su esfuerzo y determinación, superando el machismo y los prejuicios que subyacen de fondo. Puede también, hacerse íntima amiga de un zorro, su enemigo natural, aunque durante casi todo el film lleve en el cinturón, un espray "antizorros".

Cada personaje tiene las virtudes y los defectos que los tópicos les achacan. Los conejos son amorosos y miedosos. Los zorros, sagaces y peligrosos. Las ovejas, bobas e inocentes de tanta bobería que arrastran. Los carneros belicosos, los elefantes tienen buena memoria y los lobos... los lobos aúllan porque está en su naturaleza.

Prácticamente todos los tópicos son desmontados y afirmados al tiempo. Zootrópolis no pretende estar en posesión de la razón, tan solo muestra que la verdad y el sentido común no son inmutables ni infalibles, que refranes y estereotipos contienen tanta verdad como mentira. Y se ríe y se los toma en serio.
¿Qué animal elegirían para representar a los funcionarios? Si se han respondido a esa pregunta sepan que ese juego humorístico empapa toda la historia, el agresivo por excelencia es un hippie absoluto y el "de la memoria de elefante" está desmemoriado pero no se pone en duda porque ¡es una elefanta!

Pero lo más llamativo de la historia es el trasfondo político de la trama y el análisis de las consecuencias que sobre la personalidad de los protagonistas tiene. Hay un momento concreto en que el éxito destruye a la protagonista, aquel en el que es consciente de que tratando de hacer algo bueno, y teniéndo éxito en su empeño, tan solo ha logrado dividir y destruir la convivencia pacífica de su sociedad. Esa situación en la que tener razón y demostrarlo es una estupidez inmensa porque causa un daño irreparable. La gran tragedia es el conocimiento, decía Antonio Damasio. El que no haya sentido ese vértigo alguna vez, es que no ha intentado nunca nada.

Y es una película sobre los grandes malvados de una sociedad. Aquellos que en su ansia de poder, unas veces, en su erróneo concepto del bien y del mal otras, o por pura prepotencia, las más de ellas, juegan a controlar y utilizar los miedos atávicos y la prevención razonable ante el peligro de la pérdida de libertades y valores tan duramente conseguidos.

Son los pastores en la sombra, que en una ironía más, acaba siendo una oveja, la que calcula que las presas, las víctimas, los débiles, son la mayoría y que no hay mejor estrategia que encontrar a su enemigo y presentarlo ante ellas.

Pero es Disney, así que no se preocupen, todo acaba como deseamos en nuestros sueños. Los malos son desenmascarados y encarcelados. Los tramposos pierden las elecciones y cada uno puede elegir la forma en la que desea vivir su vida. Es la nueva versión del sueño y el espíritu americano: libertad para ser un elefante aunque seas un zorro, posibilidad de llegar hasta donde te lleve tu esfuerzo personal y tus sueños, fraternidad y riqueza de vivir con los diferentes.

Yo veía un clarísimo "in you face!" a Trump y su política de siembra de terror hacia refugiados e inmigrantes, pero también a todos nosotros, europeos, por nuestra cobardía y reparos. Y veía, como española, un reflejo de lo que llevamos cierto tiempo sintiendo a nuestro alrededor en una escala mucho más cercana. Creo que nuestra historia nos da suficientes pistas como para ser prudentes y temer mucho más al que quiere salvarnos de un mal "horrible", que al propio mal horrible.

Y esa es la moraleja que extraje de esta larga y maravillosa fábula: no nos fiemos de los mesías, desconfiemos de los que siembran la discordia. Es, en definitiva, un canto al término medio, a la cesión, la tolerancia y la democracia. Es una película que le gustaría mucho, mucho a Pablo Suanzes

domingo, 1 de marzo de 2015

Tres días (II). El desenlace

Anteriormente en Inquietanzas :)

Allí estaba, entre maestros y personas vinculadas directamente a la enseñanza con mil cosas en común.Yo era como el huevo entre castañas, y eso me hacía sentir absolutamente libre para involucrarme en los juegos como si me fuera la vida en ello y disfrutar sin vergüenza ninguna. No me sentía evaluada por mis pares, sabía que mi opinión o mis actos no influirían en nadie por ningún otro motivo que no fuera el valor que tuvieran en sí mismas, y eso es una gozada. Así que, consciente de que mi disfrute y aprendizaje dependían de ese grado de independencia, hice cuanto estuvo en mi mano para protegerla.

El ritmo frenético, completamente intencionado, se alternaba con momentos de reflexión, una especie de digestión acelerada de lo aprendido.
Una de esas ocasiones fue asistir a una pequeña charla.
Dentro del contexto en que me encontraba entendía perfectamente la clave en la que habló el ponente: era una persona con fuertes convicciones religiosas, pero al comenzar tuvo a delicadeza de advertirnos, que si alguien se sentía molesto por la utilización de la palabra "Dios", la cambiara por "vida" o "naturaleza", como se sintiera más cómodo.
Se me alzaron ambas cejas y decidí probar si aquello era cierto. De esta guisa le escuché y fui tomando notas. Es un buen ejercicio, cansado, pero muy interesante.
Entre mis notas releo cosas como "disponemos de unos segundos para convertirnos en ángeles o demonios, no más",  la necesidad de tener "criterios de discernimiento, para poder integrar cuanto nos sucede y no controlamos", "discernir no nos hace infalibles, simplemente honestos" o la importancia del "deseo" en aquello que quiera que hagamos. Citó a un conocido nicaragüense que una vez le dijo: "[Dios] La vida te hace desear lo que te va a regalar".

Nunca me había planteado el deseo como herramienta de discernimiento, como criterio racional para decidir. Más bien era algo a combatir, por aquello que aprendimos en algún momento de nuestra infancia, algo que se refería a hacer lo que debíamos, no lo que deseábamos.
Algo que nos mataba las ganas de arriesgar y la posibilidad de hacer las cosas de una manera distinta.
En ese momento se me pasó por la mente Damásio: El "mundo exterior" parece ser bastante menos relevante que nuestro "mundo interior", a la hora de gestionar la información.

Mi madre siempre hizo lo que deseó. Mi padre, lo que creyó su deber. Y su hija, pasada la cuarentena acaba de aprender que el deseo es imprescindible para hacer las cosas bien y cumplir nuestro deber.

Y empezaron los talleres. Íbamos a aprender, pero al tiempo, éramos las herramientas utilizadas para el aprendizaje. Es bonito, algo redundante con el propio método del taller al que había sido adscrita -"Desing for change" - que parte del proceso global diseñado en Stanford -  Desing Thinking - y que desarrolla un método que nos permite enfocar problemas cualesquiera, de forma creativa, colaborando y utilizando disciplinas variadas.
Algo así como un plan de entrenamiento que persigue hacer de la "idea feliz" un suceso frecuente.
Enfocada al ámbito educativo, al aula, se organiza en 4 etapas: sentir (entender), imaginar, actuar y compartir.
Os recomiendo que veáis esta estupenda charla TED para intuir las posibilidades.



Todas las etapas son imprescindibles y cada una tiene sus normas y sus herramientas.
Hemos de partir de un problema concreto, algo que queremos cambiar, una necesidad que vemos que no está cubierta, y si no la tenemos, necesitamos un paso previo: mirar.
Sentir, es empatizar, entender lo que ven, dicen, oyen y sienten, los afectados directa e indirectamente por el asunto pendiente.
Imaginar, es una etapa alocada, en la que cada uno de los miembros del grupo comienza a anotar todo aquello que se le pase por la cabeza y que de algún modo, pueda tener relación con el fin perseguido: atacar y solucionar el problema. Es importante no racionalizar, no buscar la cualidad sino la cantidad. Es fundamental, pasarle tu lista al compañero y continuar con la suya, imaginando sobre sus ideas, sin juzgar ni evaluar.
Una vez puestas en común las ideas, se procede a depurarlas, sin dejar de imaginar, y se van filtrando en aras de diseñar una estrategia. Al final, elegimos aquellas que creemos pueden ser efectivas y pasamos a la tercera etapa: ponerlas en práctica.
Hacer: Aplicar esas estrategias seleccionadas, y extraer conclusiones de efectividad. Qué ha funcionado, qué no, qué hemos extraído del aprendizaje e iterar.
Compartir: at last but not least, esta etapa es fundamental, porque como el método es iterativo, la puesta en común de los resultados, documentos y métodos aplicados, iniciará un nuevo proceso en alguna otra parte.

Nuestro ejercicio consistió en enfrentarnos a una situación de desigualdad en el aula. Un grupo variado en sus capacidades, personalidades, razas, niveles socioeconómicos, credos y condicionantes familiares, tan diversos como un aula puede serlo. Pasamos la etapa uno y dos, y para cubrir la tercera, hacer, nos crearon una situación real de injusticia a la que debíamos aplicar las estrategias decididas. Fue durante la cena.
Nos dividieron en grupos. Los del taller "desing for change", debíamos sentarnos en la misma mesa y el resto de los equipos no debían saber nada de lo que nos proponíamos. Ellos serían el prototipo, nuestro aula, los conejillos de indias donde probar si nuestras ideas eran útiles o un fracaso absoluto.
La situación de injusticia, fue una reproducción a pequeña escala del reparto de bienes en el mundo. Cada grupo representaba un continente, el número de componentes iba en función de la población de ese continente, y la cantidad de ingredientes disponibles se le asignaba en proporción al nivel de riqueza. Pero todos tenían que completar la misma tarea: elaborar la cena para 45 personas, un pincho por cabeza, y en el mismo tiempo. Ganaría el mejor pincho, el más sabroso y mejor presentado.

Empezamos a interactuar, nos pusimos frenéticos, negociamos, comerciamos, suplicamos por una lechuga, y llegamos a cambiar besos y abrazos a cambio de una cucharilla, (Asia estaba en poder de todas las herramientas disponibles). Dos grupos se fusionaron ante la imposibilidad, uno de elaborar tanta comida con solo dos miembros (Norteamérica) y la ausencia de alimentos de otro (África). Finalmente, con el único objetivo de conseguir dos bandejas en las que poder presentar los 45 pinchos, Europa se ofreció a fregarlo todo.

Mientras, los del taller de desing for change, íbamos poniendo en práctica las estrategias elegidas con el fin de paliar la desigualdad y fomentar la cooperación.
Así, cambiamos sitios con los de otros continentes y fuimos recibidos, en Europa, con cajas destempladas sin dejarnos decidir nada y acusándonos de mucho hablar y poco trabajar. Por Dios que aquello era una metáfora tan literal, que acabamos gritando que los recién llegados éramos España, Grecia y Portugal. A continuación, enviamos mensajes de apoyo a todos los demás grupos, diciéndoles las cosas positivas que veíamos que podían aportar. Nos consideraron spam molesto ante el rápido discurrir del reloj. Vamos que nos salió de pena, pero los pinchos estaban buenos. En un momento aparecieron unas cajas de pizzas que nos demostraron que los profesores no las tenían todas consigo sobre el desenlace del experimento y habían previsto la posibilidad de que nos quedáramos sin cenar.

Hicimos una recopilación de lo sucedido: todos habíamos quedado impresionados por aquello de los ángeles y los demonios y los pocos segundos para ser una cosa u otra, pero cuando nos metimos en competición, se nos olvidó instantáneamente. En lugar de lograr una cooperación efectiva, habíamos recurrido a lo más antiguo de la historia del hombre para conseguir lo que necesitábamos: prostituirnos (amor a cambio de una cucharilla), suplicar (por favor dame una lechuga que a ti no te hace falta y la vais a tirar) y acabar aceptando un trabajo muy duro a cambio de un salario miserable (dos bandejas por fregar los cacharros de 45 personas).
Y de este prototipo, sacamos conclusiones.

Es curioso cómo a cada persona le resulta más gratificante o difícil una u otra etapa. Hay quien tiene problemas con empatizar, otros con dejarse llevar e imaginar soluciones que consideran ridículas y otros con ejecutar lo ideado. Creo que la fase de compartir lo hecho, es la menos conflictiva.

De aquello me llevé un nuevo juego que poner en práctica con mis hijas, mientras caminamos por la calle. Señalo un objeto y nos damos un minuto para imaginar posibles usos alternativos. Es alucinante la velocidad a la que se sueltan. La segunda vez que lo practicamos, una tapa de alcantarilla podría utilizarse para hacer galletas oreo para un robot y una botella de agua, sería una buena bañera para un hámster.
Con niños esa herramienta funciona de cine, pero con mayores es realmente gratificante descubrir que nunca se es lo suficientemente adulto para perder la capacidad de imaginar sin límites.

martes, 27 de enero de 2015

Un país sin niños (Marta Arias Robles)



Dentro de unos días podréis ver y escuchar la charla TEDx-ED que Marta Arias Robles  impartió en pasado día 22 en Barcelona. Como me gusta mucho lo que dice y escribe, y tuve la pésima suerte de no encontrar entradas para asistir en persona al evento TEDx - a pesar de haber intentado comprarlas con dos meses de antelación, ¡tal era la expectación! - me apunté el asunto en la agenda y la escuché via streaming.

Habló, cómo no, de infancia. De la nuestra en concreto, de la que debería estar por doquier pero que cada vez se echa más en falta.
Nos pidió que imaginásemos un país sin niños. No esos ratos de ocio con los que madres y padres fantaseamos. No esa tarde descolgada, en la que se han confabulado los astros y te puedes ir a tomar café y comprar libros sin prisa. No. Nos pidió que imaginásemos un país como el nuestro, con una tasa de natalidad tan triste que merece el nombre de "invierno demográfico".
¿Qué nos pasa a los españoles? ¿No nos gustan los niños, no los queremos?
No tenemos hijos, pero no es porque no queramos. Marta aporta dos ideas relacionadas con este fenómeno.
La primera es la "soledad". Curiosamente a los mediterráneos nos llaman "familistas", dentro del núcleo familiar nuestros niños están muy apoyados, pero en el ámbito de la sociedad y de las instituciones públicas, tener y cuidar hijos es una tarea muy solitaria. Tanto es así que mientras en la UE se destina una media de 510 €/cápita a inversión en infancia, en España difícilmente alcanzamos los 270. Se sabe que aquellos países que carecen de programas específicos de ayuda por hijos a cargo suelen ser los que ostentan las tasas más elevadas de pobreza infantil. Esa soledad, se manifiesta en multitud de aspectos de los que muchas veces ni siquiera somos conscientes: el uso del lenguaje - "menor", "tratar como a un niño" - o asuntos tan prosaicos como que las compresas soporten un IVA del 10% y los pañales el 21%, por no hablar de la política de guarderías y escuelas infantiles, planteadas desde la perspectiva de la conciliación - algún ministro ha llegado a decirlo explícitamente - de modo que el hecho de que ambos padres trabajen, puede resultar ventajoso a la hora de obtener plaza en una gusrdería pública. Esto no sería así, si el criterio estuviese enfocado desde la perspectiva del niño.
La segunda idea que pone sobre la mesa el "miedo". No es de extrañar, todas las estadísticas dejan muy claro que el riesgo de pobreza se multiplica por 4 en familias con hijos. Así las cosas tenemos como resultado el gráfico de arriba.

Marta nos propone "pasar a la acción". De manera individual, en nuestra relación diaria con los niños de nuestro entorno, y en acción colectiva, para tratar de generar cambios, un "Pacto de Toledo" de la infancia, que suponga para los niños un periodo de seguridad como el de Toledo ha supuesto para los mayores.

Por eso ella - y yo con ella -  #Pidepacto.

Cuando se trabaja buscando un país mejor para la infancia, se obtiene una sociedad mejor para todos.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Una historia desgraciada.

El jueves, en un momento de relajo descuidado tras la cena, me topé con una noticia que decía:

Ignacio González se excusa en la "obesidad infantil" para no abrir los comedores escolares en Navidad.

El titular era asombroso. Procedía de El Diario, periódico que sigo y leo casi a diario por sus secciones y artículos de investigación. No siempre coincido con sus enfoques, pero me parece prensa seria, interesante y diferente.
Escuché el vídeo un par de veces y escribí y descarté varios tuits con el enlace a la noticia. Era brutal el mensaje. ¿Cómo podría alguien ser tan insensible, frívolo y deshumanizado como para responder a una petición de ayuda a niños malnutridos, sugiriendo que había que ponerlos a dieta de hambre?
Lo más amable que se me ocurría era pedir que algún facultativo realizase un examen serio al presidente de nuestra Comunidad para descartar algún trastorno peligroso, porque la alternativa era pensar que, sencillamente, era un malvado.

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